SECCIÓN SALUD & FE - ABRIL 2021
Actitud de la familia ante la dolencia de uno de sus
miembros
“Amo al Señor porque escucha
el clamor de mi plegaria; inclinó hacia mí su oído el día en que lo llamé. Me
envolvían los lazos de la muerte, estaba preso en las redes fatales, me ahogaba
la angustia y el pesar, pero invoqué el nombre del Señor: ¡Ay, Señor, ¡salva mi
vida!”
(Salmo 116, 1-4)
La dolencia es la experiencia de estar o
sentirse enfermo, como la persona, su familia o entorno social perciben,
categorizan, explican, viven y responden a los síntomas, incapacidades y
limitaciones que producen las enfermedades. En este tiempo de pandemia, momento
tan difícil, nos vemos invadidos por la angustia de caer enfermos, las familias
estamos ante la vivencia de la enfermedad, del dolor, el sufrimiento, de la
pérdida y la incertidumbre de hasta cuándo tendremos que vivir aislados. Nos
quitaron nuestra libertad de abrazar, de compartir; soñar con un futuro seguro
pareciera difícil de alcanzar. La realidad es que la pandemia nos puso de frente
con el fino hilo de la vida y la muerte, pensar en esta última para muchos, era
llegar a la plenitud de los años, rodeado de los afectos; hoy nuestros seres
más preciados están en una cama de hospital, lejos de nuestra atención, más que
nunca valoramos la presencia de ese ser amado y la contención o apoyo que
quisiéramos brindar no son posibles.
La experiencia del sufrimiento ante la enfermedad, sea ésta de largo padecimiento o de inicio reciente, genera en el núcleo familiar conductas determinadas por los rasgos de personalidad y patrones familiares. Estas muchas veces actúan de manera sobreprotectora sobre el miembro sufriente, además de la situación de estrés agudo y crónico que padecen. En otros, pueden verse diferentes respuestas incluso el distanciamiento a fin de evitar el dolor de la situación. La conducta que adopten las familias dependerá de la fase del ciclo vital, la estructura, el funcionamiento familiar, los valores o creencias personales, culturales en el momento de aparecer la enfermedad, revelando las fortalezas, debilidades y destrezas que las mismas poseen.
La familia experimenta cambios de rutina que implican
desequilibrios, sobrecargas en algunos miembros de la familia, denominados
cuidadores, producen en ellos problemas en su estado de ánimo, alteración del
estado de salud o somatización. Aquí es importante compartir responsabilidades,
reorganizarse en el cuidado de los miembros vulnerables, además de solicitar
ayuda a su entorno inmediato y los profesionales de salud. Hoy vemos la
solidaridad de las familias y la sociedad, el desprendimiento y servicio hacia
las necesidades es la nota diaria que vemos en los medios de comunicación y
redes sociales. Se ha ampliado el alcance del dar y recibir, tanto el apoyo
médico, apoyo material como el emocional y espiritual mitigan en alguna medida
el dolor total o sufrimiento humano que abarcan: el sufrimiento somático, el
sufrimiento psicológico, el sufrimiento social y el sufrimiento espiritual. Tenemos
que estar atentos para identificar la presencia de algunos signos de alarma que
pueden definir dificultades para afrontar la enfermedad y dolencia en un
miembro de la familia:
·
la exclusión del enfermo del
hogar.
·
el divorcio.
·
síntomas funcionales en
algunos miembros de la familia.
·
cambio de roles
transgeneracionales.
·
mala adherencia a los
tratamientos.
·
sentimientos de culpa
exagerados.
·
evitar hablar de la enfermedad.
·
guardar secretos o negar la
gravedad de la enfermedad.
Estos signos de alarma, muchas veces no son
identificados y terminan por generar la ruptura familiar definitiva, lo que
lleva a mayor sufrimiento del enfermo y su entorno. Los sentimientos de culpa y
abandono repercuten negativamente en la evolución de muchas de las afecciones,
sabemos que el deseo de sanar y sobrevivir favorece la recuperación, el alivio
de la dolencia y finalmente el tránsito a la muerte es más digno en los
pacientes terminales.
El contexto familiar tiene una importancia
particular porque es en la familia donde se aprenden pautas de salud o
enfermedad, se trasmiten enfermedades hereditarias o los estilos de vida, así
también cómo se cuida a los enfermos. Las familias responden a estas
situaciones según los recursos internos y externos que posean, movilizando una
respuesta ante el estrés. Los recursos internos son las capacidades
individuales de responder a las crisis, dependientes de la edad, los recursos
emocionales, nivel de formación académica y la capacidad de comunicar sus
dificultades, los recursos externos son los familiares, amigos, las comunidades
religiosas, los servicios sociales, recursos financieros y los gobiernos.
Brindar soporte en las dimensiones del sufrimiento humano junto al fortalecimiento de los diferentes recursos con que cuenta la familia pueden no solo generar el mejor bienestar al enfermo y sus dolencias, sino también el bienestar físico, psíquico y emocional de los miembros de las mismas familias.
“En verdad les digo que, cuando lo hicieron con alguno de
los más pequeños de estos mis hermanos, me lo hicieron a mí”.
(San Mateo 25,40)
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Autora: Juana E. Pavón Fleitas. Madre católica. Miembro de la comunidad Misioneros de María Salud de los Enfermos. Médico. Especialista en Medicina Familiar. Especialista en Geriatría y Gerontología. Master en Salud Pública y Administración hospitalaria.
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Referencias bibliográficas:
1. Manual
de Medicina Familiar. E. de Mestral; A. Szwako.
2.
Santa Biblia.


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