SECCIÓN FORMACIÓN - DICIEMBRE 2020
Vivir las Virtudes en tiempos de incertidumbre
COMO LAS VIRTUDES TEOLOGALES FUNDAMENTAN MÍ RELACIÓN
CON DIOS Y PUEDEN DAR UNA RESPUESTA A CUALQUIER DIFICULTAD O PROBLEMA QUE ESTOY ATRAVESANDO.
Este
año 2020 es y será un año muy singular, tengo 33 años y no recuerdo un año, en
que hubiera tanta desesperación y preocupación por la situación sanitaria y
económica que la pandemia ha desencadenado, la enfermedad, la muerte y la
incertidumbre rondan por nuestras familias y realidades desde siempre. Entonces
¿Cuál es la diferencia de este tiempo? Una respuesta podría ser el tema que
quiero abordar en este breve relato.
Para
comenzar quisiera aclarar que no soy teólogo, por lo tanto, todas las
reflexiones que expondré serán fruto de mi experiencia, por esta razón no
tendré como objetivo enseñar nada a nadie, no porque no lo desee, sino porque
no me siento preparado más que para compartir mis vivencias y experiencias con
Dios.
Aclarado
los puntos mencionados, puedo empezar este escrito hablando sobre lo que
significa virtud, y para ello voy a tomar lo opuesto a la virtud, que a los
efectos de entender algo en mi experiencia siempre se comprende mejor cuando
uno empieza por reflexionar sobre el aspecto contrario.
Qué es la virtud
Lo
contrario a la virtud, sería el vicio o el pecado, que para el fin que me ocupa
es el desorden y exceso, rebeldía, desobediencia, de algo que es bueno y está
permitido, pero cuando se agrega los elementos ya mencionados se vuelve algo
dañino, que te aleja de Dios y va en contra de tu dignidad de ser humano, te
esclaviza (te deshumaniza).
Ahora
que ya comprendo lo contrario a la virtud, es más fácil ensayar su significado
que sería aquellas disposiciones ordenadas, equilibradas, permitidas que me
acercan a Dios, me hacen libre y me ayudan a vivir la vida con la dignidad que
merezco y merecen las personas a mi alrededor.
Ahora
bien, corresponde mencionar que existen varias clases de virtudes, las virtudes
humanas, que encuadrarían en lo mencionado más arriba, las virtudes cardinales
que no expondré en este trabajo y por último las virtudes teologales que son
los regalos de Dios y que serán objeto de análisis en este pequeño artículo,
entendiendo por tales aquellas que nos disponen directamente a tener y
fortalecer nuestra relación con Dios comenzando como tiene que ser por el
principio “la caridad.”
La caridad
Ahora
bien, para fijar el significado de las virtudes teologales conviene mencionar a
la primera y más importante de todas que es la caridad, cuya principal
característica es la eternidad, la fe y la esperanza, que son las demás
virtudes teologales pasaran, porque llegara el día en que nuestra esperanza se
realizará y nuestra fe no tendrá razón de ser porque estaremos cara a cara con
Dios, pero la caridad que es esa disposición de amar a Dios sobre todas las
cosas por él mismo y a mi prójimo siempre estará en nosotros.
Como segunda característica de la virtud de la caridad tendría que mencionar que, al ser creados a imagen y semejanza de Dios, el amor es lo que nos identifica con Dios y revela nuestra esencia de acuerdo a 1° de Juan 4, 16 “…Dios es amor…” que revela la fuente de felicidad y plenitud del cristiano en la virtud de la caridad, que nace del don de Dios al amarme primero y reglarme la experiencia de saberme amado, como ya lo dijo también el Papa emérito Benedicto XVI con su primera encíclica “Dios es amor” en donde nos recordaba a todos que uno empieza a seguir a Dios luego de una experiencia profunda de amor con él, no por una decisión personal o por una idea sino por un encuentro con alguien (el amado).
Hablar sobre la virtud de la caridad necesariamente te lleva al amor y el amor a Dios, dado que, para el cristianismo el amor es una persona no un sentimiento, como ya lo mencioné en el párrafo anterior.
Lo
que aprendí cuando realizo alguna actividad que implique evangelización como catequista
(en mi caso), lo primero que uno debe comunicar es que “Jesús te ama y murió
por ti”, parecería algo fácil de entender y por ende, de hacerlo. Pero nada más
alejado de la realidad al menos en mi experiencia.
Para
iniciar el caminar en la vida cristina se sabe cómo bien lo expuso el Papa
emérito Benedicto XVI, que lo primero es tener una experiencia de amor con
Dios. Creo que aquí está el mayor de los problemas, que tuve con esta virtud
teologal, por mucho tiempo olvide que Dios me ama profundamente o como diría
San Miguel Garicoits: tenemos un Dios derretido en amor por
nosotros.
Al
no tener claro que el amor es un acto de la voluntad y por lo tanto exige la
intervención a su vez de la razón y la libertad de la persona, por lo tanto, no
es un sentimiento que hoy esta y mañana no lo sé, es eterno, pleno e infinito
como Dios.
Al
implicar la razón dentro de la capacidad de amar que tiene el ser humano,
necesariamente debe tener una explicación, un sentido, dado que la fe no va en
contra de la razón, sino que la supera, pero en principio es perfectamente
razonable, de igual forma la caridad debe ser conocida, pero no como cualquier
conocimiento más, sino como el más importante de todos que es revelado por Dios
y por ello implica a toda la persona con todas sus capacidades y experiencias
mostrándome Dios cuanto me ama.
Para
ilustrar esto, me gustaría traer a colación una aplicación de la virtud de la
caridad en la vida cotidiana en los dos aspectos de amor a Dios y al prójimo,
para este fin quisiera relatar un experimento que llevo realizando hace unos
años y consiste en lo siguiente: cuando voy a dar una charla, pregunto a los
participantes. ¿Quiénes creen que Dios existe?; y en esas charlas de retiros o
jornadas de catequesis la respuesta que recibo sin dudar de los presentes es
que todos creen que Dios existe y para demostrar ese asentimiento levantan las
manos.
Lo
señalado en el párrafo anterior en la última parte (al menos en mi experiencia)
es lo que dificulta que la virtud de la caridad realice su obra dentro de la
vida del cristiano, que es disponerlo para que se relacione con Dios y pueda
profundizar en esa experiencia y esa experiencia vaya cambiando su manera de
pensar y de vivir.
Desde la propia experiencia
En
mi caso particular, yo siempre tuve la certeza que Dios existe, pero esa
seguridad a la hora de vivir mi vida cotidiana flaqueaba, especialmente ante
las situaciones difíciles o de pecado que se me presentaban (soy un gran
pecador) y cuando leía 1° de Juan capítulo 2,
que expresa lo siguiente “Quien dice: “Yo lo conozco” y no guarda sus
mandamientos es un mentiroso…” capitulo 3 “Quien permanece en él no peca; por
eso el que peca no lo ha visto no conocido…” me frustraba mucho, estos pasajes
de la palabra de Dios, porque revelaban mi mediocridad la incoherencia en mi vida
cotidiana.
En este punto, quiero subrayar la importancia de la Palabra de Dios, para ayudarme a crecer en la virtud de la caridad, alimentándome como dice San Pedro (1° de Pedro 2,2) es esa leche no adulterada que como a los niños recién nacidos nos hace crecer y fortalecernos en nuestra relación con Dios, corrigiéndome al mismo tiempo como lo expresa San Pablo que la palabra de Dios es útil para que el hombre de Dios crezca y se prepare para toda obra buena (2 Timoteo 3,16). Me interpelaba, me mostraba que en algo muy importante estaba fallando.
Mi
experiencia es que cuando yo quiero seguir a Dios, ÉL es el más interesado en
que vaya avanzando en la vida cristiana y en la relación personal con ÉL. Hago este relato para explicar que lo que
estoy exponiendo no es fruto de alguna enseñanza de alguna persona o de mi
capacidad para entender la palabra de Dios o su mensaje (que es muy poca), sino
de un tiempo largo de meditación del libro de 1° de Juan en donde, de a poco
con el auxilio del Espíritu Santo me iba dando cuanta que yo sabía que Dios
existía, porqué tuve una experiencia de amor con ÉL. En un retiro, sabía que
tenía que seguirlo y vivir de acuerdo a sus mandamientos, pero me faltaba algo
muy importante, el conocimiento solo no era suficiente, faltaba la experiencia
profunda de dejarme amar por este Dios personal que es amor.
De
lo analizado en el párrafo anterior surge la idea de la pregunta que yo creo
que es la más importante, para que la virtud de la caridad afecte mi vida de la
manera total, con una pregunta un poco distinta a la primera que fue planteada,
que quedaría de la siguiente forma: ¿Dios me ama?, sé que la pregunta y la
respuesta es muy obvia, pero para mí fue todo un descubrimiento, el libro de
San Juan tanto en el capítulo 2 y 3 del libro me decía, tienes que vivir y amar
como Jesús amo, eso es algo imposible para mí.
¿Por qué me pide eso la palabra de Dios? Me preguntaba y la respuesta
era que mediante ese amor que Dios me tiene y que yo debo de experimentarlo a
diario a través de la oración y la vida sacramental es como yo podré vivir la
vida cristiana, dado que, pretender cumplir los mandamientos con la fuerza de
voluntad de uno es imposible y además es una herejía (pelagianismo).
Los
mandamientos de Dios no solo se cumplen sino se viven, no porque uno decida
hacerlo sino fruto de esa relación personal con tu amado, es allí donde actúa
la virtud de la caridad al inflamar mi corazón de amor divino y experimentar
aquí en la tierra ya el adelanto del cielo al amar con el amor de Dios.
De
esta manera los mandamientos de Dios no son una carga como bien lo afirma San
Juan, todo lo contrario, un deleite experimentar ese amor de Dios, para después
derramarlo en mis hermanos y en todas las actividades que realizo.
Volviendo
al experimento que realizaba en mis charlas, cuando preguntaba ¿Le amas a Dios?
Y como dice San Juan en 1° de Juan capítulo 2 y 3 ¿Cumples sus mandamientos?
Que es la forma de demostrar que le amo a Dios, todas las personas bajaban sus
brazos y dudaban al dar su respuesta.
¿Por
qué sucede lo mencionado en el párrafo anterior? En mi caso la respuesta era
clara porque no me dejo amar por Dios. Anunciar a Jesús de una manera correcta
debe contener lo primero y central de todo el mensaje, que no es otra cosa que
“ÉL nos ama, así como somos y murió por nosotros cuando éramos sus enemigos”,
esta verdad es el inicio y fundamento de nuestra vida cristiana, relación con
Dios y con nuestros hermanos.
Con
la noticia del párrafo anterior vivida, los mandamientos de Dios no son una
obligación pesada que debo cumplir, sino la consecuencia de experimentar ese
amor de Dios en mi vida que me lleva a buscar amarlo cada vez más y por ende,
al reconocer a Dios como mi Padre todos las personas son mis hermano, vivo para
amar porque soy amado por Dios.
Lo
más importante de la virtud de la caridad es vivirla intensamente y no de una
manera mediocre y mezquina, ya que si uno no se deja amar por Dios será
imposible vivir la vida cristiana que exige de los seguidores de cristo una
vida moral heroica.
Algunas
veces pienso equivocadamente que le doy demasiado a Dios. Ese error surge de no
vivir la virtud teologal en mi vida de una manera plena, por no querer ser
acusado de “fanático” como si amar a Dios mucho ya sería exagerado y hay que
buscar el punto medio. Esa manera de pensar es totalmente errónea, lo que hace
que una persona sea santa es justamente lo contrario vivir las virtudes
teologales de manera heroica, hasta las últimas consecuencias, de manera
apasionada y total.
Otra
cosa es como aplicar la vivencia de esa virtud en mi vida cotidiana para no
caer en exceso, por ejemplo, en mi caso concreto sería tomar tantos compromisos
en la catequesis y descuidar mi familia, dejarle sola a mi esposa o a mis tres
hijos, o descuidar mi trabajo por las actividades de catequesis en la
parroquia. Una forma equilibrada de aplicar el amor que digo tener a Dios, es
estar con mi familia y cuidar mis hijos y esposa, hacer mi trabajo, servir en
la catequesis y en las actividades de la parroquia con el mismo amor y entrega
en todo momento (con amor sin descuidar ningún aspecto porque la virtud de la
caridad me ayuda a no caer en excesos).
La fe
En
este punto creo que es oportuno hablar de la segunda virtud teologal que es la
fe, que no es otra cosa que aceptar el plan de Dios en mi vida, porque empiezo
a comprender que es lo que Dios quiere de mí y confiar en que ÉL tiene el
control de todo lo que pasó, pasa y sucederá en el futuro.
Esta
virtud teologal tiene tres dimensiones que conviene mencionarlas, para entender
cómo influye en nuestra vida cristiana la primera y más importante es la
inteligencia en donde actúa la razón, pero no como una razón calculadora y fría,
sino como una experiencia que afecta mis sentimientos, emociones, pensamientos
e impulsos y en donde quedo totalmente convencido de que Dios me ama (es casi
imposible hablar de las virtudes teologales de manera separada por lo tanto, me
limito a señalar lo ya expresado con respecto a la virtud de la caridad).
Como
ya lo expliqué anteriormente, la vida cristiana parte de esta experiencia
trascendental: el encuentro con Dios, con el amado que nos hace tomar un nuevo
rumbo y ver la vida con un nuevo horizonte.
Pero
el cristiano debe ir creciendo, de allí creo que mi principal problema para
crecer en la fe, luego del encuentro con Dios de “entender en parte” su plan en
mi vida y empezar a conocer su voluntad y amar a Dios porque ÉL me amo primero,
debo adecuar mi vida a esas enseñanzas, y mandamientos que Dios en su infinita
bondad nos revela.
La
forma de demostrar amor a Dios es cumplir sus mandamientos como bien lo dice
Jesús “quien me ama cumple mis mandamientos”, allí es donde radicaba mi mayor
problema, mi voluntad no se adecuaba a lo que yo conocía que Dios quería, y me
preguntaba ¿Por qué? La respuesta es lo que ya dijimos más arriba, no me dejaba
amar por ÉL para que partiendo de esa experiencia de amor pueda ser fiel a ese
Dios, que tanto me ama y cumplir sus mandamientos que no son una carga.
A
partir de esta experiencia de vivir la vida de gracia (oración, lectura de la
palabra de Dios, sacramentos y vida de servicio) Dios se hace cada vez más
real, la virtud de la fe se fortalece, crece y por lo tanto confío en Dios y
actuó en consecuencia, todo lo que me pasa, lo que vivo y experimento obra para
bien como bien lo dice San Pablo, todo obra para bien de los que aman a Dios,
Romanos 8, 28.
Esta
es básicamente la diferencia entre creer y tener fe, en el primer caso es más
que nada un conocimiento que no se traduce en una vivencia en la vida diaria,
mientras que la fe exige a la voluntad adecuarse a eso que conozco y
experimenté, de allí la diferencia entre los demonios que creen en Dios, pero
no le obedecen ni le siguen y los cristianos que no solamente creemos en Dios
sino también confiamos en ÉL y por esa razón tratamos de adecuar nuestras vidas
a esa experiencia, para no caer en lo que Santiago l2, 17, llama una fe muerta
sin obras.
Pero
al ser la virtud teologal de la fe un don, un regalo que recibimos de Dios como
la caridad y la esperanza, no puedo dejar de hablar del aspecto de la gracia,
que es ese actuar de Dios en todo lo que hacemos, eso imposible que realizamos
por medio de la ayuda de Dios, que nos da a todos de manera inmerecida los
auxilios que necesitamos para progresar en la virtud de la fe, de lo contrario
mereceríamos algún premio, pero como la virtud de la fe es un don, un regalo
inmerecido que Dios me da, no puedo decir más que lo expresado en Lucas 17, 10
soy un ciervo innecesario que hizo lo que tenía que hacer.
Sobre
la Gracia de Dios, que es su intervención directa en las cuestiones de nuestra
fe conviene recordar, que Dios no realiza lo que yo tengo que hacer: orar, leer
la biblia, confesarme, la vida sacramental; pero sí utilizara todos estos
recursos para derramar su gracia que actuará de manera fuerte en mí al darle la
posibilidad de estar abierto a su actuar.
Conviene
recordar que la virtud de la fe se relaciona con la Palabra de Dios como la
virtud de la caridad con ese encuentro personal con ÉL, basta mencionar a San
Pablo en Romanos10,17 “la fe viene por el oír, y lo que se escucha es la
palabra de Dios”, y San Pedro ya citado que expresa cuanto sigue: “Busquen la
leche no adulterada” refiriéndose a la palabra de Dios para que mi fe se
fortalezca, además claro está de compartirla con los demás que es el momento en
donde le dejamos actuar a Dios en la oración y el servicio a los demás donde
Dios puede intervenir y realizar su obra con libertad (o sea que no tenemos el
control cuando lo hacemos con la confianza puesta totalmente en ÉL)
Por
último, me gustaría compartir que las veces que he tenido dudas o miedo estuvo
totalmente relacionado con mi falta de arrepentimiento y confesión de mis
pecados. Los problemas con respecto a la fe son siempre de esa índole, si una
persona quiere confiar más en Dios debe empezar por ponerse a cuentas con ÉL
como bien lo expresa Isaías 1, 18: Dios no puede intervenir en nuestras vidas
si no le autorizamos mediante la obediencia de la fe, que no se defiende como
se suele decir, sino que se vive y se testimonia Juan 14, 21:
“El que tiene mis mandamientos y los guarda, ese es el que me ama; y el que me
ama será amado por mi Padre; y yo lo amaré y me manifestaré a él”.
La esperanza
Para empezar a hablar de la esperanza, me gustaría mencionar a Péguy[1] ,
un autor que se pregunta por qué hay más alegría en el cielo por un pecador que
se convierte que por cien justos. Responde: porque Dios ve cumplida su
Esperanza. Dios se ha adelantado, antes de que nosotros tengamos esperanza en
él, ÉL ha tenido esperanza en nosotros.
La esperanza para Péguy es una niña pequeña que tira de sus hermanas
mayores (la fe y la caridad). Es la imagen principal que recorre todo el libro. La Fe
y la Caridad son adultas, con papeles definidos, la esperanza en la vida es
como el motor que impulsa nuestras decisiones de allí la importancia de
diferenciar las esperanzas humanas (que son muchas) y la esperanza como virtud
teologal que es una sola, la vida eterna estar con Dios por siempre.
Cuando una se
levanta para ir al trabajo o al estudio se tendría que preguntar que me impulsa
para realizar todas estas actividades, la respuesta corta y triste seria debo
cumplir mis obligaciones, pero si uno es cristiano y espera en Dios, la
respuesta es justamente el gozo de esperar en Dios, que me cuida y se ocupa de
mí, buscando siempre el camino para la santidad.
Al fin del día
para que existimos si no es para dar gloria a Dios y vivir con el eternamente,
entonces me pregunto: ¿fue un mal año este 2020?, con la esperanza puesta en
Dios y en sus promesas.
Para mí la
respuesta categóricamente que no, es un año que agradezco a Dios haberlo vivido
en donde pude experimentar su presencia, su guía, su cuidado, su consuelo y su
protección, entonces porque sería un mal año si Dios es bueno y nunca falla, si
ÉL está conmigo y es la causa de mi alegría.
Teniendo en
cuenta lo señalado en el párrafo anterior quisiera mencionar la oración del
Padre nuestro como síntesis de la esperanza cristiana, Padre Nuestro, que estas
en el cielo, Santificado sea tu nombre, venga a nosotros tu reino, hágase tu
voluntad, no nos dejes caer en la tentación, más líbranos del mal, como en
todos los años Dios cumplió con cada una de estas peticiones, por lo tanto,
puede como San Pedro me lo pide, estar preparado para dar razón de mi
esperanza: Dios me ama, me cuida y me acompaña, espero la vida eterna y gozo de
su compañía, por todo esto, ninguna pandemia, crisis económica, incertidumbre
del futuro podrá desesperar mi corazón que se encuentra confiado en Dios.
Si yo espero
en Dios como Abraham que creyó contra toda esperanza, nunca seré defraudado,
dado que no existe una persona que haya puesto humildemente su esperanza en
Dios y fue defraudado, como dice el salmo 37, 25: “Yo fui joven, y ya soy
viejo, y no he visto al justo desamparado, ni a su descendencia mendigando pan”
Dios siempre nos cuida, entonces por qué me desespera la enfermedad, el dolor o
la falta de dinero o de recursos, ¿será porque miro hacia atrás o miro el
problema?; pero si le miro a Dios todo pasa, nada me falta como dice Santa
Teresa.
Mirando en mis
experiencias de tristeza y desesperanza del pasado he encontrado una nota común
en todas esas circunstancias, es que esperaba en esperanzas humanas que no eran
malas como sentirme amado, comprendido, tener trabajo, dinero, y un buen pasar,
pero que no son la esperanza a la que somos llamados los cristianos que es la vida
eterna y estar con Dios siempre; si todas las demás cuestiones me faltan
igualmente puedo decir con toda seguridad, que las circunstancias no cambian la
esperanza que tengo, porque DIOS no cambia.
Por lo tanto,
el futuro siempre es prometedor, no por lo que sucederá sino porque Dios
siempre está conmigo y lo que venga siempre de su mano lo podré superar y
avanzar sin miedo como bien lo afirma el salmo 112, 7: No temerá las malas noticias, su corazón está seguro, confiado en el Señor. Y el salmo 4,
8: En paz me acostaré y así también dormiré; porque solo tú, Señor, me haces
habitar seguro.
BIBLIOGRAFIA
La Biblia
El Catecismo de la Iglesia Católica
del número 1803 al 1829.
“El pórtico del misterio de la segunda virtud” Ediciones Encuentro, Madrid
1991. Traducción
de José Luis Rouillon Arróspide) de Charles.
CARTA ENCÍCLICA DEUS CARITAS EST DEL SUMO PONTÍFICE BENEDICTO XVI A LOS
OBISPOS A LOS PRESBÍTEROS Y DIÁCONOS A LAS PERSONAS CONSAGRADAS
Y A TODOS LOS FIELES LAICOS SOBRE EL AMOR CRISTIANO disponible en: http://www.vatican.va/content/benedict-xvi/es/encyclicals/documents/hf_ben-xvi_enc_20051225_deus-caritas-est.html
[1] “El pórtico del misterio de la segunda
virtud” Ediciones Encuentro, Madrid 1991. Traducción de
José Luis Rouillon Arróspide) de Charles Péguy.
Charles Péguy (1873-1014) fue un pensador, filósofo,
editor y poeta, un hombre inquieto, de convicciones profundas y difícil de
clasificar: católico (converso en 1907) pero apartado de la vida sacramental
hasta pocos días antes de su muerte


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