SECCIÓN FAMILIA - ABRIL 2021

 La Familia, testigo de Jesús Resucitado

Hubo acontecimientos que quedaron marcados en la historia por diferentes motivos, como por ejemplo la noticia de la llegada del Apolo 11 y sus tripulantes a la luna, otros desgraciadamente negativos como las guerras, los bombardeos en Hiroshima, etc. Actualmente para nuestra generación la pandemia constituye un acontecimiento mundial que quedará en la historia.

Así también, todos los cristianos giramos en torno a un acontecimiento real ocurrido hace más de 2000 años, “la Resurrección de Cristo” que no sucedió en un corto tiempo de duración y luego simplemente nos sentamos a recordarlo como algo pasado, sino que permanece para toda la eternidad.

Este regalo no fue solo para un pueblo o ciudad, sino para toda la humanidad. “Entonces Jesús le dijo: -Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mi aunque muera vivirá; y todo el que vive y cree en mí no morirá jamás” (Jn 11, 25-26)

Hoy Cristo resucitado nos invita a creer en éste suceso sobrenatural, y a transmitir en nuestras familias la buena noticia que esto nos ha dejado. ¿Cómo puedo manifestar en mi casa que tengo puesta la esperanza en la vida eterna con Jesucristo? ¿Qué he hecho para dar a conocer que Jesús vive y sigue realizando milagros entre nosotros?

"Entonces les abrió la mente para que entendieran las Escrituras. Les dijo: «Todo esto estaba escrito: los padecimientos del Mesías y su resurrección de entre los muertos al tercer día. Luego debe proclamarse en su nombre el arrepentimiento y el perdón de los pecados, comenzando por Jerusalén, y yendo después a todas las naciones, invitándolas a que se conviertan. Ustedes son testigos de todo esto."

Ante ésta exhortación de Jesús a dar testimonio de su amor y de su existencia traemos a la mente un hecho: nuestra hija Guadalupe a los 4 meses de nacida fue afectada por un virus. Recuerdo que cuando llegamos al hospital hicimos una oración juntos y le entregamos a Dios eso tan doloroso que nos estaba sucediendo y la pusimos en sus manos con mucha confianza. Enseguida quedó internada y los médicos no nos daban ningún diagnóstico alentador, inclusive recuerdo que una médica dijo que era muy pequeña, que difícilmente aguantaría. No se cómo pude sostener mis piernas para no caer. Con cada aguja en sus pequeños bracitos y piecitos sentí como si mi corazón se hubiera unido al dolor de María a los pies de la cruz. Al quinto día de la enfermedad pareciera que pronto saldríamos hasta que una descompensación por otra infección hizo que sucediera lo contrario, inmediatamente la llevaron a cuidados intensivos. Recuerdo ese día y vuelven las lágrimas a mis ojos, viendo a mi Lupita llorando y estirando sus bracitos pidiéndome “upa” cuando la llevaban.

Una vez más los médicos no dando ningún pronóstico alentador, nos echamos a llorar. En ese momento recordé la oración que hicimos al llegar al hospital y la confianza con que entregamos a Dios a nuestra hija y dijimos con fe y seguridad: ¿Por qué nos devastamos, si ya Jesús nuestro Señor la protege?

“La fe es, la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve” (Hebreo 11, 1). Fue éste pasaje bíblico lo que nos sostuvo, creer que tenemos un Dios que se hizo hombre, murió y resucitó por nosotros, que escucha nuestro clamor.

En el horario de visita de la noche, entramos por turno, primero entre yo. Ver a mi pequeña hija con tantos aparatos y cables me causó tanto dolor, le hablé con ternura y ella sintió mi presencia, se inquietó, pero seguía durmiendo. En ese momento supliqué a Dios llorando, luego de unos minutos sentí una gran paz en mi interior, como si alguien me dijera que todo estaría bien. Fui a dormir con una tranquilidad sorprendente. Al día siguiente sonó el teléfono y llamaron desde UTI, ni recordamos como bajamos tantas escaleras desde el 7mo hasta el 2do piso. Llegamos y solo permitían entrar a la mamá. Cuando entré la enfermera me dijo: “mami, tu beba te está esperando para desayunar” me pidieron que le de pecho, cuando la vi, vi el rostro de una niña sana y con mucha energía, diferente a la que vi la noche anterior, la sostuve y la abrace fuerte con todos sus cablecitos. En ese momento solo salía de mi boca alabanzas a Dios, porque lo que parecía imposible humanamente, nuestro Señor lo hizo posible. Al día siguiente ya la pasaron a una habitación común.

Somos testigos de Cristo Resucitado, que vive, que sana. ¡Aquel que hacía milagros hace 2.000 años, sigue haciéndolo hoy!

Por éste y tantos otros acontecimientos en nuestras vidas no podemos dejar de hablar en todos los ámbitos acerca de Dios Todopoderoso que nos ama, que cada día nos da el don de la vida, como una oportunidad para volver a Él si nos alejamos.

Todos estamos llamados a ser testigos de que el acontecimiento de la resurrección es real, porque experimentamos un deseo de cambio en nuestro interior, desde que conocemos a Jesús sabemos que no estamos solos. En los momentos de angustia, Él nos consuela y nos sostiene, aunque parezca ausente, siempre está ahí.

Que tanto padres e hijos experimenten la Resurrección de Cristo en sus corazones y se manifieste en sus actos, con una sonrisa, un abrazo, siendo amables, siendo pacientes, sabiendo escuchar y tantas otras maneras de testimoniar a un Dios que existe.


Autores: Johana Leguizamón y Andrés Amarilla - Esposos y padres católicos. Catequistas en la Capilla Nuestra Señora de Betharram. Catequistas de Iniciación a la Vida Cristiana para Adultos.

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