SECCIÓN FAMILIA - DICIEMBRE 2020
ESPERANZA DE LA FAMILIA EN TIEMPOS DE PANDEMIA
En nuestro país ya han
pasado 9 meses de aquel anuncio por parte de las autoridades: “Ha llegado el
virus al país”, “quédate en casa” ¿Qué pensaron en ese momento?
En los medios de
comunicación se difundían noticias de toda índole, tanto aquellas que transmitían información,
digamos importante, como aquellas que infundían solo miedo, desesperación y
confusión.
¿Hacia dónde inclinamos
nuestro corazón en estos tiempos de
crisis e incertidumbre? Pues bien, no estuvimos exentos nosotros de tener esos
sentimientos encontrados, las emociones expectantes ante cada hecho conocido y
relatado por los medios. Todos los acontecimientos vividos en estos tiempos nos
ha recordado solamente algo: “somos limitados y temporales”, y reflexionamos a
profundidad nuestra condición de “ser humano”, dejamos de mirarnos a nosotros
mismos ya que el corazón sentía la necesidad de mirar al cielo y clamar a aquel
que en sí es “ilimitado y eterno”.
Y por qué no,
hasta podríamos aplicar el conocido refrán: “No hay mal que por bien no
venga”, ya que las circunstancias han hecho que nos preocupemos más por cada
integrante de nuestra familia, así también recordamos que tenemos un Dios de
amor y que hace tiempo ya lo teníamos como encajonado. ¿Será este y otros
acontecimientos parecidos, como un medio para filtrar corazones con verdaderos
valores espirituales y humanos?, viéndonos a nosotros mismos tal cual somos,
sin maquillaje, sin máscara. Porque también se han manifestado el egoísmo y la
falta de solidaridad.
Muchas familias
han experimentado en estos tiempos
cómo la cercanía a nuestro Dios, por medio de su hijo Jesucristo, hace
que todo sea más llevadero, y cumpliendo
nuestro Señor su promesa: “Vengan a mi
todos los cansados y agobiados que yo los aliviaré… pues mi yugo es suave y mi
carga ligera…” (Mt 11,28. 30). Hay un yugo, hay una carga, pero con Él se
vuelve suave y ligera.
La luz
de esperanza
Nos dice el papa Francisco: “si de algo tenemos que contagiarnos que sea del amor”, ¡es cierto! , es éste tipo de contagio que todos debemos anhelar, y claro que hemos sido testigo de esto cuando familias enteras siendo igual de obedientes a las autoridades no dejaban de mirar, escuchar y abrazar al hambriento, al sediento, al esclavo de sus limitaciones económicas y al triste, orando incansablemente por todos ellos.
Las familias que han
sido más golpeadas por la crisis han encontrado una luz en los momentos de
angustia, a través de seres humanos que verdaderamente esperan en el Señor y
han sabido transmitir la misma esperanza a los demás.
La gracia de recibir la
virtud de la esperanza nos hace ver la vida y los acontecimientos con otros ojos,
nos hace fuertes y valientes. No se trata de esperar en algo sino en alguien,
en Dios.
Como familia tenemos
muchos anhelos, sueños, deseos de bienestar, salud, comodidad, soluciones a
ciertas situaciones y que se dé su
cumplimiento en ésta vida temporal, pero no dejan de ser solo medios para
alcanzar la verdadera felicidad que es la vida eterna. Sin embargo, esto que esperamos no le es indiferente a Dios, Él
nos ha creado con amor inconmensurable y quiere la felicidad de cada uno.
La pandemia nos ha dejado
muchas enseñanzas, claro, si es que queremos reflexionar en ella, de lo que dejó y sigue dejando a su paso en la historia de la humanidad de este siglo.
Basta con mirar todo aquello que teníamos planeado hacer y no lo hicimos, cosas
o actividades superficiales quizás, pero al reemplazarla por la total atención
a los hijos, padres, hermanos, etc. nos dimos cuenta que nuestro tiempo es
valioso para ellos y también el tiempo que ellos nos brindan a nosotros.
No podemos dejar de mencionar una realidad: muchas familias de distintos lugares tendrán un lugar vacío en sus mesas en la cena de Nochebuena por causa de ésta enfermedad. Pero no olvidemos que el recuerdo del nacimiento de Cristo es para todos nosotros un mensaje de esperanza, que nos invita a recibir la gracia del consuelo y la fortaleza en nuestros hogares a fin de configurarnos con Él, como decía Santo Tomás de Aquino: “La tierra no tiene ninguna tristeza que el cielo no pueda curar”.
Que la fuerza de ese
amor divino nos mantenga unidos ante las adversidades y los
momentos difíciles
recordando las palabras del salmista: “El
Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré? El Señor es defensa de mi
vida, ¿ante quién temblare? (Salmo 26,1).
Que el Espíritu Santo nos guie hacia la fuente de la esperanza que es la
Eucaristía, presencia real del médico por excelencia.
Autores: Johana Leguizamón y Andrés Amarilla - Esposos y padres católicos. Catequistas en la Capilla Nuestra Señora de Betharram.


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