SECCIÓN FAMILIA - MAYO 2021

                      La familia que nace del Espíritu Santo

Este año, en mayo, vivimos una de las fiestas más importantes dentro de la iglesia: ¡la fiesta de Pentecostés, la venida del Espíritu Santo!!

Decía San Juan Pablo II: “El gesto de Jesús, que en la tarde de Pascua “sopló” sobre los Apóstoles, comunicándoles el Espíritu Santo (cf. Jn 20, 21-22), evoca la creación del hombre, descrita por el Génesis como la comunicación de un “aliento de vida” (Gn 2, 7). El Espíritu Santo es como el “soplo” del Resucitado, que infunde la nueva vida a la Iglesia.”

Con la presencia de la promesa del Espíritu Santo consolador, vivificador, santificador y muchas otras cualidades que se le atribuye, la iglesia empezó a caminar desde ese entonces hasta nuestros días. Ya no hubo miedo, ya no hubo inseguridad, las tribulaciones se soportaban sabiendo que el amor del Señor consolaba y acompañaba. Hoy las familias son consideradas como iglesias domésticas, ¡ésa pequeña iglesia necesita también del mismo soplo que da vida!, que sostiene y santifica, que da sentido a su existir.

¿Qué significa que las familias se dejen santificar por el Espíritu Santo?

“Donde se derrama el Espíritu Santo Santificador queda destruido todo lo que se opone a la santidad, es decir el pecado” SS Juan Pablo II. Todos estamos llamados a ser santos, nos lo recuerda la palabra de Dios en Levítico 20, 26: "Sean santos para mí, porque yo soy Santo, yo Yavé, que los he separado de los demás pueblos para que sean míos.". Ser santo significa ser fiel a la voluntad de Dios, expresada en el mandamiento del amor, el Espíritu Santo es quien viene a nuestro auxilio y nos lo recuerda a cada momento, Él, que es Santo, obra en nosotros para que se dé una transformación sincera que por nuestras propias fuerzas no podemos. Es el Espíritu Santo el que actúa en nosotros para hacernos santos, para hacernos conforme a la imagen de Cristo.

Los padres cristianos están llamados a ser pilares de sus familias  inculcando valores, dando el ejemplo por sobre todo, haciendo un espacio importante en las actividades cotidianas y dar lugar al encuentro con el Señor a través de la oración en compañía de los hijos.  A veces se piensa que la santidad es solo para algunos pocos, pero la llamada es para todos aquellos que crean en un Dios dador de vida y a su Hijo redentor Jesucristo que nos regalan su amor puro en el Espíritu Santo.

“Me gusta ver la santidad en el pueblo de Dios paciente: a los padres que crían con tanto amor a sus hijos, en esos hombres y mujeres que trabajan para llevar el pan a su casa. ¿Estás casado? Sé santo amando y ocupándote de tu marido o de tu esposa, como Cristo lo hizo con la Iglesia. ¿Eres un trabajador? Sé santo cumpliendo con honradez y competencia tu trabajo al servicio de los

hermanos. ¿Eres padre, abuela o abuelo? Sé santo enseñando con paciencia a los niños a seguir a Jesús. ¿Tienes autoridad? Sé santo luchando por el bien común y renunciando a tus intereses personales (Gaudete et Exultate 6, 14)

Con éstas lindas palabras del papa Francisco en su Exhortación Apostólica sobre la santidad, vemos en lo sencillo de los actos aquello que pareciera difícil o imposible. Cuando nos dirigimos amablemente o corregimos con amor sin ofensas o culpando sin necesidad a aquel miembro de la familia significa que dejamos que el Espíritu Santo guie nuestras decisiones y nuestros actos. Los gritos, incomprensiones, impaciencia, desobediencia, etc., no son frutos de su presencia en nosotros por lo que debemos trabajar en ello.

Cristo nos dice en su palabra “El que no nace del agua y del Espíritu, no puede ver el Reino de Dios” (Juan 3,1-8), cuántas veces hemos sido esclavos del pecado y los malos hábitos siendo muchas veces un mal ejemplo para nuestra familia y deseamos con todas las fuerzas volver el tiempo atrás para no haberlo cometido y no estar sintiendo ahora mismo esa tristeza en el corazón. Pues bien, este pasaje bíblico es un mensaje de esperanza para nosotros, la  invitación de Jesús  a un nuevo nacimiento aquí y ahora sin importar el pasado sino solo la disposición del alma a encontrarse con el amado.

María Santísima es un ejemplo claro de docilidad a lo que el Espíritu nos invita, ella, que sin tanto rodeo accedió a la gracia sumergiéndose en ese mar de misericordia. Seamos como ésta bella creatura capaz de decir “Hágase” en mi vida la voluntad de Dios; “hágase” aunque no comprenda sus misterios; “hágase” aunque vea que el camino se hace difícil; hágase que mi esposa, esposo, hijos, padres, abuelos, abuelas, tíos, tías sean restaurados y santificados por éste amor.

Que esta fiesta que hemos vivido no quede en un simple recuerdo, sino que marque, como aquel primer Pentecostés, un antes y un después en nuestra historia de salvación, dejándonos consumir por el fuego de la tercera persona de la Trinidad Divina: ¡El Espíritu Santo!

¡Ven Espíritu Santo a nuestras familias hoy y siempre!



Autores: Johana Leguizamón y Andrés Amarilla - Esposos y padres católicos. Catequistas en la Capilla Nuestra Señora de Betharram. Catequistas de Iniciación a la Vida Cristiana para Adultos.

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